VIAJE EN GLOBO, KENIA


De joven leí mucho a Julio Verne, de mayor también. Disfrutaba mucho con aquellas trepidantes mil y una aventuras que se desarrollaban en países lejanos. Soñaba entonces, que quizás con los años, yo también podría recorrer aquellas exóticas geografías.


Uno de los libros que más me gustaba era Cinco semanas en globo, donde sus protagonistas, Samuel Fergusson, su criado Joe y Dick Kennedy atravesaban a bordo de su globo Victoria, y empujados por los vientos alisios, África de Este a Oeste. El viaje comenzaba en la exótica isla de Zanzíbar y tras muchas e increíbles aventuras acababa en Senegal.


Durante años, y quizás influenciado por aquel libro, anhele realizar un viaje en globo, finalmente tuve mi bautismo aéreo en Masai Mara en Kenia.

Ahora mientras escribo estas líneas recuerdo la emoción y el nerviosismo que viví en aquel ya lejano día.


Los pronósticos meteorológicos no eran buenos, las dos noches anteriores había llovido y el globo no había podido despegar. Me acosté pidiendo al dios de la lluvia que al día siguiente descansara, parece que me hizo caso. A la hora indicada, todavía era de noche, me dirigí al lugar desde donde despegaría el globo. La actividad era frenética, el tremendo balón iba inflándose poco a poco con la ayuda de un gran quemador. Comenzaba el amanecer. Antes de acomodarnos en la barquilla nos dieron una pequeña clase teórica sobre como situarnos en el despegue y sobre todo para el aterrizaje, ya que a menudo el toque con el suelo no es todo lo suave que nos gustaría.

A las 06,30 de la mañana comenzamos a elevarnos lentamente. Todos nuestros referentes terrestres se iban alejando de nosotros, todo era cada vez más pequeño. Parecía que no nos movíamos, pero sin duda lo hacíamos, estábamos flotando en el aire.


Días antes había recorrido aquel terreno en un 4X4 y ahora la visión que tenía desde la altura era muy diferente. El paisaje era muy verde, veía las copas de los gigantescos arboles como si fueran pequeños champiñones, los cauces de agua que días antes nos había costado cruzar, ahora eran pequeños hilillos zigzagueantes donde manadas de hipopótamos se bañaban tranquilamente ajenos a nuestras miradas.


Una de las cosas que más me impacto en aquella travesía aérea fue ver la sombra del globo proyectada sobre la alfombra verde que nos rodeaba, allí iba yo.


El experto piloto metía aire caliente en el globo dependiendo de la altura que quería conseguir, su aplomo y tranquilidad no dejaba dudas, estábamos en buenas manos. De vez en cuando nos señalaba un lugar y entonces veíamos una manada de elefantes, unas, ahora, pequeñas jirafas, o incluso algunos somnolientos leones. Ante nosotros teníamos 360º para disfrutar desde un lugar privilegiado.


Finalmente nos avisó que nos acomodáramos según la postura indicada ya que en breve comenzaría el descenso. Al tomar tierra y mientras salía gateando de la barquilla, recordé aquellas palabras de Julio Verne:


“Volar en globo no es propiamente un viaje, ¡es algo así como un sueño, pero un sueño siempre muy corto!”.

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