AURORAS BOREALES, UN REGALO DE LA NATURALEZA



Cada año, el tercer jueves del mes de noviembre, los franceses reciben eufóricos al ”Beaujolais nouveau”, un vino joven, fermentado tan solo durante unas semanas. Al grito de “Le beaujolais nouveau est arrive” (El nuevo Beaujolais ha llegado) los franceses se lanzan de forma compulsiva a tiendas y supermercados para adquirir este vino.


De forma similar quizás podríamos emular a nuestros vecinos, gritando a los cuatro vientos, “las auroras boreales han llegado”.


En octubre comienza en el círculo polar ártico, la temporada en la cual es posible observar las auroras boreales. Por lo tanto preparemos nuestro equipaje, en esta ocasión no deberá ser ligero debido a los fríos polares, pues como me dijo un trabajador de una plataforma petrolífera que conocí en una tienda, “no hay mala climatología sino malas vestimentas“, y partamos a disfrutar del llamativo y espectacular fenómeno conocido como “luces del norte“.


Dicho fenómeno tiene por supuesto su explicación científica. Cuando algunas partículas cargadas de energía por el sol chocan contra la atmosfera de la Tierra y el campo magnético, este las desvía hacia los polos, es entonces cuando los cielos se llenan de preciosas luces de colores y enigmáticas figuras. Por mi parte, yo prefiero las antiguas leyendas mucho más poéticas, como la que cuenta que esas luces son el brillo de los escudos y armaduras de las guerreras valquirias, o esa otra que afirma que son el resultado de los chispazos que se producen al chocar la cola de un veloz zorro con la nieve.


He tenido la oportunidad de ver auroras boreales, uno de los espectáculos más grandiosos que nos brinda la naturaleza, pero viajar para observar auroras boreales tiene por supuesto su dosis de incertidumbre y sorpresa. Nunca su visión está garantizada y quizás ahí también radica parte de su encanto. No se trata de apretar un interruptor y listo. Hay que viajar en la época indicada, al lugar indicado y luego, y no menos importante, tener suerte.


Hace algunos años estaba en Tromso, al norte de Noruega, durante un frio enero. Esa tarde había visitado el fascinante Museo Polar, después fuimos a cenar al pub Olhallen, el más antiguo de la ciudad. Penetrar en este templo cervecero es toda una experiencia. Nada más entrar nos recibió un tremendo oso polar disecado, di algunas vueltas por el lugar para observar las fotos en blanco y negro que colgaban de las paredes, luego tomé asiento en una mesa de madera y tras leer la casi interminable lista de cervezas me decidí por una Mack Haakon, una lager suave. No fue la única durante esa noche.

Quizás fuera suerte, pero cuando abandonamos el local, el cielo comenzó lentamente a adquirir unos tonos ligeramente verdosos, poco a poco los destellos fueron ganando en intensidad y el firmamento se vio invadido por los reflejos de una especie de latigazos celestiales. Esas enigmáticas figuras eran hipnóticas, y a pesar de que hacía mucho frio, no pensé en buscar un refugio más cálido, el espectáculo estaba en el exterior, aunque fuera a bastantes grados bajo cero. Hice algunas fotos, no demasiadas, preferí disfrutar a tope ese momento, no quise distraerme mirando a través del visor de mi cámara, y permanecí muy atento a todo lo que sucedía a mi alrededor. El tiempo adquirió otra dimensión, recuerdo que trate de imaginar cómo habrían vivido y que habrían sentido los antiguos pobladores de estos territorios ante semejante y mágico espectáculo. Lentamente la aurora se fue disolviendo, los colores fueron perdiendo intensidad, apenas unos suaves brochazos manchaban el negro cielo. El espectáculo, al menos por esa noche, había concluido.


Cuando llegué al hotel me costó dormirme, la experiencia vivida había sido de esas que no le deja a uno indiferente, me sentí feliz y di gracias a los dioses del lejano norte por haber sido generosos haciéndome este regalo.

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